Esto es cosa e´ Mandinga

Por Lucía Larios

Mandinga, el diablo que vino de África. Autor: Diego Damián Martínez. Dirección de Yamil Ostrovsky. Actúa Mauricio González. Música de Carlos Ledrag. en Hasta Trilce (Maza 177), CABA. Sábados a las 21.30 hs.

En Argentina hay un relato olvidado, la vida de los afro-argentinos, descendientes de aquellos esclavos que fueron traídos en los barcos colonizadores. Desde la nebulosa del olvido no vemos sus historias, sus penas, sus anhelos, sus amores, sus luchas. Para poder verlos a ojos abiertos hay que correr el humo de los supuestos, ese humo que nos ciega, un humo que nos llena de dudas y de incertidumbres sobre lo que fue. Para poder entender la historia de Matías y de Mandinga hay que soplar el humo grueso atascado en nuestras pupilas, un humo que sólo nos muestra lo que creemos saber.

En el escenario, ese humo se transforma, es fuego, es ritual, es recuerdo, es la imaginación de un futuro soñado, es una playa donde por fin Matías, sufriente, podría descansar. En el humo, Mandinga te rescata o te hace un gualicho, o tal vez puede ser un cuidador, o tal vez el vehículo para la perdición de algún pobre infeliz. En el humo, Mandinga será Matías y Matías será Mandinga. Ese humo es el material en el que se manifiestan sus relatos, sus vivencias; un humo pesado que los une entre el tiempo de uno y el otro, que los acerca.

Matías es un afro-argentino, víctima del racismo silencioso a los olvidados de la historia y a su vez, víctima de un amor que no pudo ser, un amor que se diluye en el gran océano que lo separa de su lugar de pertenencia. Mandinga, en cambio, es la encarnación de un refrán de piel oscura que, con el correr del tiempo, terminó siendo un mito malinterpretado. Matías en su afán de sanar los dolores de su propia alma, evoca al Diablo. Sin embargo, es Mandinga, ese antiguo generador de rituales del Rio de la Plata, quien llega a él como puente o, más bien, como el recuerdo de sus ancestros para ser la sanación de su presente.

Mauricio González es quien se pone en la piel de estos dos personajes, tan distintos, pero en su raíz tan iguales. Ganador del premio Mejor actor protagónico en el FICOCC de Venezuela, nominado a “Actor revelación” en los premios Florencio Sánchez (2007) y ganador de “Actor revelación” en La Fiesta Regional de Teatro Independiente, de la provincia de Buenos Aires, hace propios los pasos de estos dos héroes olvidados y nos lleva de la mano, hipnotizados en su ritual, por cada minuto de esas historias.

Acompañado de un trabajo de iluminación y música exquisito que ambienta cada escena y custodia en perfecta sincronía sus acciones, Mauricio se desarticula y se vuelve a incorporar en el escenario. Logra manejar las emociones y sensaciones de la audiencia, gracias a la dirección de Yamil Ostrovsky que pone el acento en la corporalidad del actor. En ella se observa un cambio constante de posturas, gestos y expresiones físicas. Mauricio es Mandingayse mueve por el escenario desencajado, torcido, arrastrando el peso de su condena. Pero cuando es Matías, se incorpora, erguido y el ritual se transforma. Otro cambio clave es el vestuario, Matías se arropa en un saco, que es un gesto de época y que lo acoge en su desasosiego y cuando se transforma en Mandinga y cambia de escena, el cuerpo le cambia, le cambia la voz, se desgarra el saco como si sus antepasados desgarraran su identidad para transmutarlo en Mandinga y llevarlo al recuerdo del rito. Lo que los une en el vestuario es el rojo sangre de un pantalón que recuerda los harapos con los que se suele retratar a los esclavos, esa tela que es poco y nada y nos dice todo.

La música original compuesta por Carlos Ledrag alimenta y sostiene la interpretación actoral y hasta tiene por momentos valor propio. El cuerpo solitario del actor se incorpora al ritmo que marca cada nota. El humo constante, los sonidos y las luces delimitan su acción y remarcan los límites del espacio donde se mueve, los atraviesa o se encuentra atrapado. Los cambios de colores en la iluminación generan diferencias ambientales que también acompañan cada historia: la de un africano dejado a su suerte en las Américas es negra, roja, oscura, ritualica, misteriosa. La historia de Matías, en cambio, es más iluminada, actualizada. Su mundo contemporáneo tiene una luz pálida, blanca de pantalla, cuasi artificial, despojada de la oscuridad dramática del recuerdo ancestral. En ese mundo cambian hasta los dialectos, se actualizan las palabras, las modalidades de la lengua, las declamaciones dramáticas de Mandinga mutan y se traen al habla contemporánea.

Pero es el humo el segundo protagonista que juega alrededor de los movimientos de Mauricio trasmutado. Es el humo que nos recuerda, a nosotros los ciegos en las butacas que, si corriéramos ese velo, el velo de la indiferencia, denso, tejido con las equivocaciones del pasado, podríamos conocer lo que realmente vive hoy una parte de nuestra sociedad, para así no seguir repitiendo los mismos errores.

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